AQUI NO VENDRA NADA….

Con frecuencia he oído este comentario cuando se procede a otorgar los “puestos o esperas” de una batida de jabalíes. Alguien puede pensar que se siente discriminado en favor de otro. Pudiera suceder, puesto que la picaresca también existe y abunda en la caza. Nunca he tenido problemas, ni mostrado mi disconformidad; acepto si objecciones lo dispuesto, sabedor, por propia experiencia personal, de que con la caza de ahora nunca se debe de predecir nada. En ese convencimiento estoy. Como es fácil de comprender, después de tantos años cazando con intensa actividad, me han pasado las mismas cosas que a casi todos los cazadores veteranos o mayores.

Me sucedió de nuevo recientemente. Uno de nuestros monteros, experto y certero en sus apreciaciones cuando de situar caza se refiere, junto con sus perros a la cadena, habían detectado el rastro de jabalíes, sin poder precisar su número (eso creí entender a través de la emisora). Los situaba en un pequeño terreno, en su día de labranza, hoy abandonado y convertido en un expeso matorral.

Con grandes dosis de fiabilidad hacia nuestro montero, por el Jefe de Cuadrilla se toma la decisión de acotar en “largo” aquel pequeño terreno como mejor medida de seguridad. Distribuídos los puestos, se me encomienda una extensa pradería, con caracteríscas especiales, dada su composición por todo lo que había a su alrededor, que me obligaría a ser muy precavido y cuidadoso, si fuese necesario; incluso me entraba la duda de poder hacerlo, sin causar alarma. Desde luego, no era un sitio para estar todo lo tranquilo que uno quiere estar, aunque guardase la distancia reglamentaria. Por otro lado nada me hacía presagiar que, en caso de huída del jabalí, tomasen la decisión de hacerlo por aquel lugar. En mi recorrido por los lindes de la finca, no habia encontrado indicio alguno para ser tenido en cuenta. Sus salidas naturales eran otras, según yo había sopesado. En esas estaba, no obstante estar muy atento, por aquello dé que, nunca se sabe….

Para completar el cupo autorizado, necesitabamos abatir dos ejemplares más. No era aún mediodía, y teníamos tiempo por delante para trabajar en conseguir este logro. Una vez iniciado el montero el proceso de hacer salr de sus sitio a los jabalíes que se suponía alli estuban, pronto se confirmaron estos augurios, puesto que la salida de los suidos en cuestión, fué en tropel. Eran muchos más de los esperados. Pronto se hicieron notar los primeros disparos desde puestos lejanos al mío, El buen hacer de un compañero propició abatir las dos piezas que nos restaban. La anecdota fue que el agraciado compañero, lo hizo con una escopeta y solo tres cartuchos-bala como toda munición. No tenía más. Sucedió todo muy rápido; cuestión de minutos.

Cobradas el total de las piezas autorizadas para aquel lote, pronto la voz de nuestro jefe de cuadrilla se hizo notar: no se hacian más disparos; nos informaba por las emisoras que la jornada de caza tocaba a su fín con el cupo cobrado. Por tanto, satisfación, una vez más, por el resultado, motivo, sin duda, de un trabajo bien hecho. Quedaba únicamente recoger los perros y salir.

Para mí no fué del todo así. Aún no había descargado el arma, cuando aprecié un movimiento y sentí el ruido característico de algo que se mueve entre la seca hojarasca. Con la expectativa de que pudiera ser lo que yo creía, y con el ánimo bien dispuesto, me centré en prestar la mayor de mis atenciones en aquello que se hacia cada vez más patente. De la expesura de la maleza, salía la figura de un jabalí, superior al mediano peso, que avanzaba lentamente hacia mi posición cercana al cierre perimetral de la finca, mostrando un aspecto cansino, dando la impresión, como si con él no fuera nada, puesto que no había perros que le acosaran. Lo seguí atentamente, cruzaba por delante de mi a una distancia no más de 10 metros. Lo apunté como medida de prevención, dada sus proximidad, no fuese que el jabalí las tomase conmigo. Por lo visto, sus intenciones no eran esas: siguio avanzando sin temor a mi presencia. Bajando el arma, lo dejé irse, perdiendose de mi vista.-

No terminaba la cosa con esta escena. Nuevamente sentí ruído: una masa oscura compuesta de jabalíes hacía su presencia ante mí, provenía del mismo sitio y el hecho curioso de que lo hacian también sin perros. En esta ocasión eran cinco de distinto tamaño. Pudiera ser una madre con lo que quedaba de dos generaciones que habia traído al mundo. Se pararon a unos veinte metros de mí, me observaron y continuaron su rumbo; parecian ajenos a todo. Evidentemente fué una ocasión perdida. Algo que antes no me había ocurrido. De igual proporción, nunca. Alguno que otra vez he tenido que dejar pasar la pieza, por estar el cupo cubierto. Pero tantos, tan cercanos y parados la verdad es que no.

Y, es que, la caza es así. Tiene esta cosas.

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